El papel de la cooperación al desarrollo es clave para seguir avanzando en el proceso de Paz y finalmente llegar a un acuerdo que tenga mayor aceptación

Autora: Erika Rodríguez Pinzón 

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El camino hacia la paz en Colombia no está siendo precisamente un camino de rosas y no es de extrañar: no se soluciona un conflicto enquistado de más de medio siglo con un procedimiento sencillo. La paz, si quiere hacerse sostenible y duradera, requiere un conocimiento profundo de los motivos que han llevado al conflicto. Más aún, la paz alcanzada a través de acuerdos significa lograr consensos en la forma en la que se entienden elementos clave como la confrontación, las victimas, o los adversarios, suponiendo un ejercicio de acercamiento y dialogo sumamente complejo.

En el caso colombiano, este proceso ha tardado 6 años: 2 años en los que se llevó a cabo de manera privada y 4 de forma abierta al público. De este proceso se extrajo un acuerdo complejo pero a su vez catalogado por el Instituto Kroc[1] como el “el más completo” de los 34 que se suscribieron en el mundo desde 1989.

De hecho, la reprobación del acuerdo por el 50.23% de la ciudadanía a través del plebiscito convocado por el gobierno pone de manifiesto esta complejidad.

Sin embargo, a pesar del impasse que supuso el no conseguir la refrendación ciudadana, la base sobre la que se construye la renegociación del Acuerdo para incluir y satisfacer las expectativas de sus detractores es el documento redactado en la Habana por la Mesa de Dialogo. Afortunadamente para Colombia, y a diferencia de lo ocurrido anteriormente, no se dio por roto el proceso sino que todos los actores implicados, incluyendo los detractores, optaron por respaldar el dialogo como única salida de la guerra.

Ahora bien, tanto a lo largo de la negociación, como en el futuro inmediato y a largo plazo, el papel de la comunidad internacional y de la cooperación es vital para que la paz en el país se haga realidad. Hasta ahora la comunidad internacional ha actuado en tres niveles distintos. En un primer nivel los países facilitadores, Cuba y Noruega, que han hecho posible la negociación. En un segundo plano los mismos Cuba y Noruega que pasaron a convertirse en garantes, acompañados por Venezuela y Chile.  En un tercer nivel están aquellos países y organismos internacionales que han manifestado su apoyo a medida que se iba consolidando el proceso de paz.

Ante el resultado obtenido por el plebiscito, la comunidad internacional ha seguido asumiendo un rol determinante, ofreciendo un respaldo definitivo a los esfuerzos del gobierno. El Premio Nobel de Paz concedido al Presidente Santos es parte de este apoyo, pero el papel más importante ha sido desempeñado por las Naciones Unidas que han mantenido alzada la voz a favor del alto al fuego. Cabe destacar que este papel es vital para evitar que en una situación tan tensa se presenten acciones armadas que comprometan el esfuerzo de dialogo y para viabilizar la situación de la tropa guerrillera. Otro aspecto importante, desde el punto de vista político, ha sido asegurar la disponibilidad de los fondos para el postconflicto por los diversos donantes.

Por tanto, el papel de la comunidad internacional se requiere como apoyo político, económico y técnico. Si bien las características de los dos primeros ya se han definido, el tercero aún falta por consolidarse, en parte porque depende del Acuerdo Final pero también porque solo tendrá sentido en la medida en la que el liderazgo de la coordinación de actores sea asumido por las instituciones del gobierno.

El papel de la comunidad internacional se requiere como apoyo político, económico y técnico.

Colombia necesitará apoyo para implementar la transformación agraria, para reformar su política de drogas, para atender a las víctimas y garantizar el ejercicio de la justicia transicional, especialmente para consolidar la reinserción de los guerrilleros.

Todas estas tareas requieren no solo recursos sino aprovechar tanto la experiencia nacional como internacional. En la práctica es necesario aplicar criterios de calidad y sostenibilidad, en particular desarrollar un sistema de coordinación que determine las líneas estratégicas, la división de funciones y de presencias geográficas y que estandarice los procedimientos de relación con las instituciones locales y nacionales.

Bien es cierto que el Acuerdo de Paz establece de forma muy general instituciones no gubernamentales que apoyarán cada uno de los temas relativos a la implementación. Pero el gobierno es el único en poder garantizar que el postconflicto sea una forma de fortalecimiento de su presencia y formalización local, que no se convierta en una orquesta sin partitura que refuerce la desigualdad socioeconómica y la implementación irregular de las políticas públicas en el país.  En este contexto, el periodo de post-acuerdo y postconflicto será una prueba de fuego para el actual sistema de cooperación al desarrollo basado no sólo en la solidaridad, sino en la correcta articulación de las necesidades de los receptores de la ayuda con las capacidades de los donantes.

 

[1] Instituto de Estudios Internacionales de Paz de la Universidad de Notre Dame,

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