El fortalecimiento de los sistemas fiscales y la reducción de la vulnerabilidad en países menos adelantados y de renta media

Autor: Erika Rodríguez

Fiscalidad y Desarrollo

La crisis financiera global de la cual la economía internacional se ha recobrado malamente ha sido sucedida por una desaceleración del crecimiento de las grandes economías incluida China. El gigante asiático ha disminuido su demanda de materias primas lo que se suma a una relevante bajada en el precio del petróleo. Estas condiciones hacen que los países denominados de “renta media” y los “países menos avanzados” que sufrieron con menos rigor la crisis financiera se vean ahora gravemente afectados por la disminución de ingresos por parte de transferencias del sector internacional (exportaciones, inversión, remesas, turismo etc.).

La debilidad económica global, asimismo dificulta el acceso a los mercados de crédito, dado que hay mayor desconfianza sobre la evolución de los países y hace que los flujos provenientes de la cooperación internacional al desarrollo sigan estando limitada pues los donantes tradicionales aun deben ser cautos en el manejo de su propio déficit interno.

Así las cosas, las economías de renta media y los países menos avanzados se enfrentan a grandes dificultades para mantener el nivel de gasto en políticas sociales que les permita continuar  avanzando en la superación de la pobreza, la desigualdad y otros males estructurales.  Más aun, en este momento es cuando se ponen a prueba los avances en materia social, económica y tributaria que realizaron durante el periodo de expansión de la demanda asiática que trajo una década de bonanza en las economías de base primaria.

Aquellos que hayan sido capaces de mejorar sus sistemas productivos creando cadenas de valor, que hayan hecho reformas estructurales para mejorar el acceso a los servicios y que aprovecharan la bonanza para invertir en infraestructuras tienen mejores cartas para mantenerse a flote en una etapa recesiva. Pero, además de estos factores, la verdadera diferencia la harán aquellos que hayan conseguido mejorar sus sistemas fiscales.

Una fiscalidad desarrollada, sana y progresiva es una de las formas de evitar la vulnerabilidad de los países a los choques externos y en especial una de las garantías de consistencia y sostenibilidad del gasto social. La fiscalidad es la clave para que un país sea capaz de ser el propulsor de su propio desarrollo.

Una fiscalidad desarrollada, sana y progresiva es una de las formas de evitar la vulnerabilidad de los países a los choques externos.

Sin embargo el desarrollo de los sistemas fiscales no es sencillo, tanto por las condiciones técnicas y capacidades de gobernabilidad que requiere, como por los múltiples desafíos y reticencias que suscita una reforma fiscal de calado.

Por un lado es necesario enfrentar los vicios y fallos de la estructura económica e institucional de los países. Crear una Agencia tributaria solida e independiente requiere un importante margen de maniobra política para que no se vea cooptada por intereses particulares así como disponer de recursos humanos altamente formados. Asimismo requiere enfrentarse a la informalidad reinante en muchas economías en desarrollo y conducir la producción de bienes y servicios hacia la legalidad a través de las medidas coercitivas y la educación fiscal.

En segundo lugar están las reticencias de los grandes capitales, que no tienen interés en asumir su parte en una fiscalidad progresiva. Por otro lado los capitales  multinacionales que buscan beneficiarse de la competencia fiscal entre países. La amenaza de la fuga de capitales es un riesgo que debe mitigarse con otras medidas en materia de estabilidad legal, promoción del talento humano, apoyo a la I+D+I entre otras.

En tercer lugar está la evasión y la elusión fiscales, males muy difíciles de erradicar y que constituye un autentico desangre de las economías. Sin una lucha firme a nivel internacional contra este flagelo los países más débiles seguirán viendo como empresas e individuos inescrupulosos se enriquecen con sus recursos pero no dejan nada en los países de los que los extraen.

En cuarto lugar encontramos el peso del gasto fiscal y la poca capacidad de los países para gestionar el cambio de sistemas regresivos de asignación de subsidios por políticas de pre y redistributivas.

Finalmente están las deficiencias del consenso social alrededor de la fiscalidad y el déficit de participación ciudadana. Una ciudadanía que en muchos casos no ha sido incorporada en los procesos de toma de decisiones, informada de forma transparente y en algunos casos  ni siquiera beneficiaria del gasto publico.

Es difícil que un país sometido a los embates de la economía global sea capaz de afrontarlos y a su vez acometer las tan necesarias reformas fiscales  y es aquí donde la cooperación al desarrollo juega un papel vital, especialmente en países que ahora son cada vez menos objeto de la misma, los de renta media. Es indispensable dirigir esfuerzos para apoyar el fortalecimiento institucional tanto con inversión en este empeño como a través de compartir experiencias y buenas prácticas.

Además es necesario actuar en consistencia con lo planteado en los Objetivos de desarrollo sostenible y ello requiere el apoyo a los foros mundiales que están proponiendo cambios en la lucha contra los paraísos fiscales, la evasión y la elusión fiscal.

En el marco de esta consistencia los países donantes deben propender por endurecer los controles de sus propias compañías cuando operan en países con vulnerabilidades fiscales y ambientes sociales especialmente frágiles.

Leave a Reply